Por: Mateo Sebastián Silva-Buestán
Recientemente,
las redes antisociales se han inundado de varios videos -porque ya casi nadie
tiene la capacidad de consumir textos- sobre el caso de una docente argentina
quien falleció, el pasado veinte de marzo, tras una reunión con padres de
familia. Adriana Silvia Armella, ex profesora de la Escuela Normal ¨Juan
Ignacio Gorriti¨, se encontraba en una ¨tensa¨ reunión con representantes cuando
súbitamente se desplomó; sí, ahí, en medio del salón de clases donde se llevaba
susodicho encuentro. Pese a la atención médica, Adriana, de cincuenta y seis
años, pereció horas más tarde. Accidente cerebro vascular, informaron los
galenos. Presión, estrés, exigencia, burocracia, mala remuneración, violencia laboral, aseveraron
los docentes.
Tan lamentable
evento ha puesto sobre la mesa un serio debate acerca de esta peligrosa profesión
que asesina. Tal parece que el fenómeno de la muy maltratada docencia trasciende
fronteras y no depende de si la institución responde a una administración fiscal
o particular, ni de si se encuentra en una zona rural o urbana, mucho menos del
país donde se la ejerza. ¡Nos barren parejo, atento lector!
En dichos
videos que comentábamos al principio, esos famosos reels que circulan en las urdiembres digitales, no ha faltado la
sarta de peleles oportunistas que, para pescar likes y followers, dan
consejos a diestra y siniestra sobre cómo cuidar la salud mental, cómo
administrar el tiempo e invitan, cínicamente, a su plan de coaching, a su paupérrima terapia basada en escribir notas para
luego quemarlas, a sus horrendas prácticas de mindfulness y a probar sus ponzoñosas inteligencias artificiales
que intentan reemplazar el poco intelecto que nos queda.
No se
deje engañar, querido lector. Conocido es el adagio que define al pesimista
como un optimista informado. En este sentido, un fin de semana, unas velas aromáticas,
un café, una fiesta, caminar descalzos sobre césped no curará el problema de
raíz, ni siquiera funcionará como medida paliativa, no sea iluso. Y ya que están
en boga tantos y superfluos neo extranjerismos: la única y definitiva solución
para el síndrome burnout docente es
la completa destrucción y restructuración de ese maltrecho sistema educativo
que ni en Japón, ni en Finlandia -mucho menos en Ecuador- ha servido para
construir (del dizque constructivismo) una mejor sociedad. Si no me cree,
asómese a la ventana, virtual o real, y constate la podredumbre en la que la
humanidad se hunde.
Pese
a todo, aquí estamos, hoy domingo, suscribiendo tenebrosamente estas líneas,
pensando en la clase de mañana, en la planificación mensual y en no
desvanecernos ante el sistema que nos carcome vivos.
S.O.S.
