Por:
Mateo Sebastián Silva-Buestán
Voy, beodo, deambulando por tus adoquinadas callejuelas,
centenares de centenarios tejados me juzgan desde lo alto,
aquellos emperifollados balcones me miran, oblicuos, con
desdén
y las bíforas ventanas de tus ilustres casas,
que albergaron a tantos egregios y excelsos,
se cierran, presurosas, con mi agitado paso.
Mi calzado no es digno de tu soberbio piso,
siento mis pies arder con cada zancada dolorosa que doy;
escucho, en ese momento de euforia y candidez,
miles de voces alertarme desde el inframundo,
hombres enterrados, con engaños, bajo tu suelo putrefacto,
clamores de auxilio, misericordia, protesta y oración.
Entre tanta elegancia y arquitectónica belleza
un antiquísimo fumadero de opio me invita a pasar;
en sus adentros alcanzo a percibir, además de la humareda,
la desdicha, la falsa humildad y la mojigatería:
tu reina, totalmente ebria, sobre las piernas de tu obeso
alcalde
y a tu obispo dar un profundo ósculo en las posaderas de la
mórbida meretriz de turno.
De vuelta a las estrechas y resbalosas aceras,
la cabeza de un rampante león se me asoma en el dintel de
cada puerta,
le grito: no soy
uno de tus hijos de alta alcurnia o digno linaje.
Y en precipitada carrera voy en busca de uno de tus ríos
más cercanos;
su perfumado mal aire me despierta del letargo ocasionado
por el opio,
me sumerjo y desvanezco en sus pedregosas corrientes.


Precioso,
ResponderEliminarrealista, crudo y estéticamente impecable como siempre Mateo!
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