Por: MSSB
Yacía
sobresaltado, aún excitado, adormecido de placer sobre su público y mil veces
marchito vientre. De su intimidad todavía emanaba el fresco olor a orines que,
apenas un minuto y medio antes, ella, en un rincón de su triste cuartucho lleno
de libido, había depositado sin vergüenza, ni recato, ni recipiente. Quizá por
ello no tenía reparo alguno en ofrecerme sus servicios, a mí: ¨El tullido¨. Seguro que su entera falta
de glamour, de pudor, incluso para su
oficio, fue el argumento perfecto para que mis colegas me convencieran, la
contactaran y pactaran mi cita.
En
la oscuridad apenas podía vislumbrar su figura. He de confesar que asistí a
verla sin esperanza y presto a los nuevos apodos que sobre mí caerían; sin
embargo, ella devolvió la felicidad a mi bragueta. Es que hube de ser ¨El tullido¨ por largo rato, no podía hacérselo
ni a las más bondadosas, voluptuosas, prestas e inocentes jovencitas. ¡Ah, pero
eso es el pasado! Gracias a ella, ahora mis colegas aplaudirán mis hazañas y
podré jactarme con cuantas doñas, mamas
y niñas me pongan en frente, de espaldas, horizontales, verticales, como
sea.
Todo
esto lo maquinaba recostado sobre su público y glorioso vientre. Levanté la
cabeza, apercibí sus orines y supe que se chorreaban, por la crujiente madera, ya
alrededor del catre, era así, lo notaba. Entonces decidí irme, no quería
ensuciarme mínimamente con sus pestilentes sustancias. Ella, recostada hacia
arriba, estuvo siempre impertérrita, muda, no lanzó ni un quejido, menos una
sola muestra de placer o dolor.
Me
levanté. Luego de toda aquella orgiástica, exuberante y extraordinaria faena,
hube de acomodarme el ¨clériman¨ y
partí, taciturno, satisfecho, calle abajo, pues todo lo que viene de nosotros
está abajo, como desplazado hacia el sur; allá tenía que ofrecer una importante
misa.


