MSSB
Afuera
de la iglesia de San Sebastián se percibía un terrible ambiente de aflicción y
solitud, los pájaros no graznaban, tampoco las doñas cuchicheaban, menos los
señores fisgoneaban desde las banquetas a las criadas, que a propósito eran más
esbeltas y bellas que las propias señoritas, ellas tan pálidas e insípidas. No
se oía sino el transcurrir del tiempo más los desacompasados e indecibles
pisotones, de alto calzado y también de oshotas,
que recibían los resquebrajados adoquines. Resulta que el padre Luis, amo, señor y
párroco de la comarca había fallecido en extrañas circunstancias apenas hace
cinco días, un domingo, día santo, cuando caía la tarde, ahí tirado sobre su
despacho, con una mano en el denario y la otra entrometida en su entrepierna. Puertas
adentro, las más acérrimas beatas se habían propuesto una semana entera de
ininterrumpidos rezos, pese a que el difunto ya había sido velado, orado y sepultado,
para que su amado padre Luis alcance, breve-breve, la dicha eterna; aunque semejante
alma bendita seguro ya estaría desde alguno de los muchos balcones celestiales
intercediendo por su aciago rebaño.
Ya
les digo que aquí hay gato encerrado, quién va pues a creer que mi padre Luchito
haya muerto así por así, de buenas a primeras, de un paro fulminante como
dijeron los entendidos. Para mí, y nadie me quita, por Dios bendito, que algo
le hicieron alguno de esos desalmados herejes que pasaban merodeando la casa
parroquial. ¡Ay, peor sabiendo a lo que se dedicaban esos bandidos! Oigan, dizque vendían trago de ese venenoso a
los borrachitos de la calle para que mueran rápido, dizque mandados del gobierno para acabar con los viciosos. Nadie me
quita que capaz fueron ellos. Ellos mismo han de haber sido, porque no había
sermón en que mi padre Luchito no les haya acusado, diciendo que quienes
trabajaban, en formas misteriosas, para el gobierno liberal, ganarían segurito
una pieza bien ardiente en el infierno. Yo misma vi una vez cómo mi padre
Luchito le quitó par de botellas a uno de esos para que no siga envenenando a
la gente y ese filático atrevido le gritaba que tenía que pagarle. Supónganse
que le pusieron ese trago, ese maldito trago, en el vino de consagrar y el
domingo pasado que mi padre Luchito dio tantas misas… Con razón le vi
medio-medio en la última misa de las cinco, yo siempre sabía llevarle pancito y
cafecito al despacho luego de la misa, pero esa vez no me dejó ni entrar, me
dijo que me vaya, que no estaba para nadien,
ay le ha de haber hecho efecto el
veneno. Ya les digo, no era él, que siempre me recibía cariñoso, atento e
incluso me confesaba mientras se servía el pancito con el cafecito que le
llevaba. ¡Ay, mi padre Luchito! ¡Qué pena, qué mismo sería pues! Así hablaba la
más elocuente de las beatas, todavía arrodillada, durante el descanso que se
daban entre rezo y rezo, a la par que se servían cualquier cosita, pese a que
estaba prohibido comer en la casa de Dios, pero para ellas, por la naturaleza
de su obra, se trataba de una excepción; siempre era una excepción.
Las
demás mujeres y alguno que otro pusilánime que no podía separarse de las faldas
de su esposa miraban a la beata más elocuente con ansias de más, dado que sus
historias siempre terminaban por ser ciertas. La beata, notando la atención que
le brindaban, concatenó otra serie de sucesos que habían pasado recientemente. O
quién quita, hermanitos, que a mi padre Luchito le haya, me da cosas decir esta
palabra, diga no más, diga no más, le haya matado la niña esa que el otro día
se robó la hostia en vez de comulgar. Cierta es esta barbaridad que hizo la
Germánica, la hija de don Tarquino y la Matilde, esa negritilla no más, que de
boba solo tiene la cara, de gana le tienen pena por su dizque retraso, hecha no más es. Si fue capaz de robarse la hostia,
¡la hostia!, también fue capaz de ultimarle a mi padre Luchito, seguro. Aura sí que ya me asusté, ¿y si está
poseída por algún diablo de esos que le ordenan matar a la gente buena? Porque
bien es sabido que el demonio usa a las cholas feas, como la Germánica, para
cometer actos impuros, aystá como
prueba tantas veces que nobles señores y caballeros han sido tentados por esas mitayotas y se han destruido tantos y
cuantos buenos y bien habidos matrimonios, por culpa de esas guagronsotas. Capaz la Germánica le mató
a mi padre Luchito por orden y deseo del mismísimo diablo. Y haciéndose más
cruces que si llevara en las espaldas al diablo, prosiguió: ¿Qué va pues esto a
quedar así, hermanitos? Vamos, vamos yendo a la casa de la Matilde a que nos
entregue a la hija para hacerle confesar y de una vez a ver si don Ivancito, el
acólito favorito de mi padre Luchito, le saca los diablos a la huambra esa. Y así
fue como el conglomerado de beatas y timoratos, abandonando la iglesia de San
Sebastián y la penitencia del rezo continuo de los siete días, iban en busca de
Iván, a la par que alertaban y pedían la compañía de todo el terruño hacia la
casa de la Germánica, la hija de don Tarquino y la Matilde.
Aystán
viniendo, Tarquino, te dije, te advertí, Tarquino, que lo que hizo la guagua tendría consecuencias. Pero como
de costumbre, Tarquino yacía sobre el lecho hinchado de licor, con aroma a
hembra, tabaco y baraja. ¡Ay, Tarquino!, ¡levanta, hombre! Levanta breve que ya
están acá no más. Todo esto es por vos, por tu culpa, seguro la Carmelita ya
les convenció a todos que el padre Luis se murió de la pena, porque se enteró
que la Germánica se robó la hostia para darte a vos. Sí, a vos, por eso mi
Germánica se trajo la hostia, para hacerte que vos comulgues. Sois el colmo,
Tarquino. Esa mañana la guagua nos
oyó discutiendo, cuando estaba reclamándote que no vas ya dos semanas a la
iglesia y que el padre Luis había dicho clarito que no entrarán al Reino los desgraciados
que no van a la misa y la Germánica, como es bien atenta al catecismo y
entiende todo de una manera especial, creyó que si vos comulgabas estarías en
paz y podrías entrar al cielo. Y ahora ve toda esa muchedumbre afuera de la
casa, ¡pero veles Tarquino! A vos jamás te ha importado, ni yo, ni la
Germánica, por eso hice lo que hice, por no quererme es que Dios te castigó y
nos mandó a la Germánica, ya sabes, con lo que ella tiene. Si el padre Luis
estuviera aquí, estoy segura que nos defendería, porque más de una vez dijo que
me amaba y que estaba a punto de presentar la laicización para luego irnos por
siempre y que acá se queden esta manga de curuchupas
hablando lo que les diera la gana. Sí, Tarquino, ese era el pensado, aunque no
me hubiese perdonado jamás dejarle a la Germánica y menos en tus manos, quizá
por eso Diosito me quitó al padre Luis y ahora me condena a esto.
Afuera
la muchedumbre estaba enardecida, pedían a gritos la salida de la Germánica.
Iván, sin perder tiempo, con la ayuda de otros, improvisó una suerte de altar,
con el único propósito de exorcizar a la niña. Los ánimos se calentaron y a
rastras sacaron y arrodillaron a la Germánica, ante la vista desesperada de la
Matilde, que estaba sujeta por fuertes brazos, y el coma etílico del Tarquino,
quien tirado pernoctaba. Como vieron que el ritual no hizo sino acalorar a la
Germánica y a sabiendas que si la niña era entregada a las autoridades
liberales, hubiese quedado libre con efecto inmediato, considerando que para
ellos cualquier sacrilegio era una acción digna de alabanza, la remataron ahí
mismo, entre escupitajos, patadas, jalones y llamaradas. La Matilde no volvió a
pronunciar palabra en su vida, don Tarquino no despertó.
Sin
embargo, el cuento que llegó a mis oídos era otro. Los decires afirmaban que si
algo compartía el padre Luis con don Tarquino, además de los amores de la
Matilde, era su dipsomanía, vicio que lo llevó, así como a la famosa Emancipada
de la provincia vecina, a beber hasta morir, como había leído y releído en un folletín
que tal acometido era posible si se quería dejar esta Tierra entre náuseas,
fríos y confusiones. El padre Luchito no supo decidir entre el denario de su
diestra y la desbordante pasión que endurecía su entrepierna. Amén.


