domingo, 27 de julio de 2025

EL MISTERIO TRAS LA MUERTE DEL PADRE LUIS

 

MSSB

Afuera de la iglesia de San Sebastián se percibía un terrible ambiente de aflicción y solitud, los pájaros no graznaban, tampoco las doñas cuchicheaban, menos los señores fisgoneaban desde las banquetas a las criadas, que a propósito eran más esbeltas y bellas que las propias señoritas, ellas tan pálidas e insípidas. No se oía sino el transcurrir del tiempo más los desacompasados e indecibles pisotones, de alto calzado y también de oshotas, que recibían los resquebrajados adoquines. Resulta que el padre Luis, amo, señor y párroco de la comarca había fallecido en extrañas circunstancias apenas hace cinco días, un domingo, día santo, cuando caía la tarde, ahí tirado sobre su despacho, con una mano en el denario y la otra entrometida en su entrepierna. Puertas adentro, las más acérrimas beatas se habían propuesto una semana entera de ininterrumpidos rezos, pese a que el difunto ya había sido velado, orado y sepultado, para que su amado padre Luis alcance, breve-breve, la dicha eterna; aunque semejante alma bendita seguro ya estaría desde alguno de los muchos balcones celestiales intercediendo por su aciago rebaño.

Ya les digo que aquí hay gato encerrado, quién va pues a creer que mi padre Luchito haya muerto así por así, de buenas a primeras, de un paro fulminante como dijeron los entendidos. Para mí, y nadie me quita, por Dios bendito, que algo le hicieron alguno de esos desalmados herejes que pasaban merodeando la casa parroquial. ¡Ay, peor sabiendo a lo que se dedicaban esos bandidos! Oigan, dizque vendían trago de ese venenoso a los borrachitos de la calle para que mueran rápido, dizque mandados del gobierno para acabar con los viciosos. Nadie me quita que capaz fueron ellos. Ellos mismo han de haber sido, porque no había sermón en que mi padre Luchito no les haya acusado, diciendo que quienes trabajaban, en formas misteriosas, para el gobierno liberal, ganarían segurito una pieza bien ardiente en el infierno. Yo misma vi una vez cómo mi padre Luchito le quitó par de botellas a uno de esos para que no siga envenenando a la gente y ese filático atrevido le gritaba que tenía que pagarle. Supónganse que le pusieron ese trago, ese maldito trago, en el vino de consagrar y el domingo pasado que mi padre Luchito dio tantas misas… Con razón le vi medio-medio en la última misa de las cinco, yo siempre sabía llevarle pancito y cafecito al despacho luego de la misa, pero esa vez no me dejó ni entrar, me dijo que me vaya, que no estaba para nadien, ay le ha de haber hecho efecto el veneno. Ya les digo, no era él, que siempre me recibía cariñoso, atento e incluso me confesaba mientras se servía el pancito con el cafecito que le llevaba. ¡Ay, mi padre Luchito! ¡Qué pena, qué mismo sería pues! Así hablaba la más elocuente de las beatas, todavía arrodillada, durante el descanso que se daban entre rezo y rezo, a la par que se servían cualquier cosita, pese a que estaba prohibido comer en la casa de Dios, pero para ellas, por la naturaleza de su obra, se trataba de una excepción; siempre era una excepción.

Las demás mujeres y alguno que otro pusilánime que no podía separarse de las faldas de su esposa miraban a la beata más elocuente con ansias de más, dado que sus historias siempre terminaban por ser ciertas. La beata, notando la atención que le brindaban, concatenó otra serie de sucesos que habían pasado recientemente. O quién quita, hermanitos, que a mi padre Luchito le haya, me da cosas decir esta palabra, diga no más, diga no más, le haya matado la niña esa que el otro día se robó la hostia en vez de comulgar. Cierta es esta barbaridad que hizo la Germánica, la hija de don Tarquino y la Matilde, esa negritilla no más, que de boba solo tiene la cara, de gana le tienen pena por su dizque retraso, hecha no más es. Si fue capaz de robarse la hostia, ¡la hostia!, también fue capaz de ultimarle a mi padre Luchito, seguro. Aura sí que ya me asusté, ¿y si está poseída por algún diablo de esos que le ordenan matar a la gente buena? Porque bien es sabido que el demonio usa a las cholas feas, como la Germánica, para cometer actos impuros, aystá como prueba tantas veces que nobles señores y caballeros han sido tentados por esas mitayotas y se han destruido tantos y cuantos buenos y bien habidos matrimonios, por culpa de esas guagronsotas. Capaz la Germánica le mató a mi padre Luchito por orden y deseo del mismísimo diablo. Y haciéndose más cruces que si llevara en las espaldas al diablo, prosiguió: ¿Qué va pues esto a quedar así, hermanitos? Vamos, vamos yendo a la casa de la Matilde a que nos entregue a la hija para hacerle confesar y de una vez a ver si don Ivancito, el acólito favorito de mi padre Luchito, le saca los diablos a la huambra esa. Y así fue como el conglomerado de beatas y timoratos, abandonando la iglesia de San Sebastián y la penitencia del rezo continuo de los siete días, iban en busca de Iván, a la par que alertaban y pedían la compañía de todo el terruño hacia la casa de la Germánica, la hija de don Tarquino y la Matilde.

Aystán viniendo, Tarquino, te dije, te advertí, Tarquino, que lo que hizo la guagua tendría consecuencias. Pero como de costumbre, Tarquino yacía sobre el lecho hinchado de licor, con aroma a hembra, tabaco y baraja. ¡Ay, Tarquino!, ¡levanta, hombre! Levanta breve que ya están acá no más. Todo esto es por vos, por tu culpa, seguro la Carmelita ya les convenció a todos que el padre Luis se murió de la pena, porque se enteró que la Germánica se robó la hostia para darte a vos. Sí, a vos, por eso mi Germánica se trajo la hostia, para hacerte que vos comulgues. Sois el colmo, Tarquino. Esa mañana la guagua nos oyó discutiendo, cuando estaba reclamándote que no vas ya dos semanas a la iglesia y que el padre Luis había dicho clarito que no entrarán al Reino los desgraciados que no van a la misa y la Germánica, como es bien atenta al catecismo y entiende todo de una manera especial, creyó que si vos comulgabas estarías en paz y podrías entrar al cielo. Y ahora ve toda esa muchedumbre afuera de la casa, ¡pero veles Tarquino! A vos jamás te ha importado, ni yo, ni la Germánica, por eso hice lo que hice, por no quererme es que Dios te castigó y nos mandó a la Germánica, ya sabes, con lo que ella tiene. Si el padre Luis estuviera aquí, estoy segura que nos defendería, porque más de una vez dijo que me amaba y que estaba a punto de presentar la laicización para luego irnos por siempre y que acá se queden esta manga de curuchupas hablando lo que les diera la gana. Sí, Tarquino, ese era el pensado, aunque no me hubiese perdonado jamás dejarle a la Germánica y menos en tus manos, quizá por eso Diosito me quitó al padre Luis y ahora me condena a esto.

Afuera la muchedumbre estaba enardecida, pedían a gritos la salida de la Germánica. Iván, sin perder tiempo, con la ayuda de otros, improvisó una suerte de altar, con el único propósito de exorcizar a la niña. Los ánimos se calentaron y a rastras sacaron y arrodillaron a la Germánica, ante la vista desesperada de la Matilde, que estaba sujeta por fuertes brazos, y el coma etílico del Tarquino, quien tirado pernoctaba. Como vieron que el ritual no hizo sino acalorar a la Germánica y a sabiendas que si la niña era entregada a las autoridades liberales, hubiese quedado libre con efecto inmediato, considerando que para ellos cualquier sacrilegio era una acción digna de alabanza, la remataron ahí mismo, entre escupitajos, patadas, jalones y llamaradas. La Matilde no volvió a pronunciar palabra en su vida, don Tarquino no despertó.

Sin embargo, el cuento que llegó a mis oídos era otro. Los decires afirmaban que si algo compartía el padre Luis con don Tarquino, además de los amores de la Matilde, era su dipsomanía, vicio que lo llevó, así como a la famosa Emancipada de la provincia vecina, a beber hasta morir, como había leído y releído en un folletín que tal acometido era posible si se quería dejar esta Tierra entre náuseas, fríos y confusiones. El padre Luchito no supo decidir entre el denario de su diestra y la desbordante pasión que endurecía su entrepierna. Amén.

 

1 comentario:

  1. La brutalidad hacia la Germánica y su familia es impactante y conmovedora, y muestra cómo la ignorancia y el fanatismo pueden llevar a la gente a cometer atrocidades en nombre de la fé. La historia es fascinante y perturbadora al mismo tiempo. Me encantó. Atte: Libia Villamar :)

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