MSSB
Sobre los imponderables
fárragos de la antiquísima casa paseábase su lastimero y ponzoñoso recuerdo, de
aquí para allí, de allá para acá, de aquí para acá, de allí para allá, de aquí
para allá, de allí para acá y viceversa. A sus ojos era una nítida
reminiscencia, un sonriente niño que apenas y mascullaba palabra, revoloteando
sobre los enseres de todas las piezas que le servían de ancora en sus
apasionados juegos de expósito; cuya madre acostumbraba a enajenarse por días, así
en total estado de catatonia, así el mocoso echado a la suerte de muebles y
mendrugos roídos. Y cuando se proponía a tomarlo en sus brazos, su hilarante
risa, su sonrisa incompleta, su dulce evocación esfumábase, dejando una
moribunda madre que entre cúmulos de emociones y bártulos profería terribles aspavientos.
Su constante y ubicua
rememoración llevábanle a merodear en sus vagas memorias de cuando niña una
desafortunada tarde, sin más, las nubes lleváronse a su madre. Ella vio a esa amorfa
masa de gases arrancharla de su lado y condenarla a una vida de oprobio. Su
madre, sin presentar resistencia, partió junto al advenedizo cielo que
apercibía a magnolias, aroma que le quitó el último hálito y olor de quien la
poseyó en su vientre. Sufrió como nunca se había sufrido, ni todas las lluvias
desde los tiempos de Noé pueden ser comparadas con tan inconmensurable cantidad
de lágrimas derramadas.
Era una mañana en la que el
niño, o lo que quedaba de su inexistente corporeidad, jugueteaba entre la sala
grande y el corredor que da al patio de jardines -porque la estancia todavía
existe-; día entristecido por densas y oscuras nubosidades cuando quedose atrapado
en el espejo de la sala y, desde una esquina, ella rememoró la desventura que
diole el epíteto de filicida.
¿Cómo calmar su alharaca que
atormentole toda la vida? ¿Cómo predecir si las nubes no reclamarían para sí a
otro de sus seres amados? ¿Cómo explicarle al niño que su abuela dejole a la
deriva porque prefirió la promesa de una vida eterna rodeada de serafines y
arcángeles que endulzan la mísera existencia en lugar del cruento sufrimiento
de los que viven abajo? Entre estas disquisiciones pasábase albas y ocasos,
temiendo que alguna vez algún nubarrón le arranque a su pequeño que rara vez
salía, pues el cielo casi siempre estaba nublado. Desesperada ante la muy particular
situación y sin ayuda ni consejo -menos de aquel que solamente la usó, ultrajó
y baboseó hasta lo más íntimo de su sexo para luego de preñarla, abandonarla-,
no contempló otra posibilidad que cortar de raíz su maldición y los torrentes de
su hijo, quien, en un dulce, profundo y sempiterno sueño despidiose con
inteligibles vocablos, algo así como: Ma am, am ma; ma am, ma am; an ma, an ma;
ma ma, ma ma.
Esto recordó llorosa mientras
veía a la figura de su vástago moverse exasperada entre el encuadre rectangular
del espejo de la sala grande. Comprendió por fin, luego de largo rato, que era
mejor liberarlo y liberarse de su reflejante y vívido espejismo. Es así que
agarró fuerza, viada y diose un golpe seco contra susodicha lámina. Volaron en
cien pedazos ¨crack, crack, crack¨ tanto los cristales rotos, como las esquirlas de la madre y
los trozos del hijo.
Afuera llovió todo el día. Las
nubes lloraron su culpa.

No hay comentarios:
Publicar un comentario