domingo, 20 de julio de 2025

MADRE PIADOSA

 

MSSB

 

Sobre los imponderables fárragos de la antiquísima casa paseábase su lastimero y ponzoñoso recuerdo, de aquí para allí, de allá para acá, de aquí para acá, de allí para allá, de aquí para allá, de allí para acá y viceversa. A sus ojos era una nítida reminiscencia, un sonriente niño que apenas y mascullaba palabra, revoloteando sobre los enseres de todas las piezas que le servían de ancora en sus apasionados juegos de expósito; cuya madre acostumbraba a enajenarse por días, así en total estado de catatonia, así el mocoso echado a la suerte de muebles y mendrugos roídos. Y cuando se proponía a tomarlo en sus brazos, su hilarante risa, su sonrisa incompleta, su dulce evocación esfumábase, dejando una moribunda madre que entre cúmulos de emociones y bártulos profería terribles aspavientos.       

Su constante y ubicua rememoración llevábanle a merodear en sus vagas memorias de cuando niña una desafortunada tarde, sin más, las nubes lleváronse a su madre. Ella vio a esa amorfa masa de gases arrancharla de su lado y condenarla a una vida de oprobio. Su madre, sin presentar resistencia, partió junto al advenedizo cielo que apercibía a magnolias, aroma que le quitó el último hálito y olor de quien la poseyó en su vientre. Sufrió como nunca se había sufrido, ni todas las lluvias desde los tiempos de Noé pueden ser comparadas con tan inconmensurable cantidad de lágrimas derramadas.

Era una mañana en la que el niño, o lo que quedaba de su inexistente corporeidad, jugueteaba entre la sala grande y el corredor que da al patio de jardines -porque la estancia todavía existe-; día entristecido por densas y oscuras nubosidades cuando quedose atrapado en el espejo de la sala y, desde una esquina, ella rememoró la desventura que diole el epíteto de filicida.  

¿Cómo calmar su alharaca que atormentole toda la vida? ¿Cómo predecir si las nubes no reclamarían para sí a otro de sus seres amados? ¿Cómo explicarle al niño que su abuela dejole a la deriva porque prefirió la promesa de una vida eterna rodeada de serafines y arcángeles que endulzan la mísera existencia en lugar del cruento sufrimiento de los que viven abajo? Entre estas disquisiciones pasábase albas y ocasos, temiendo que alguna vez algún nubarrón le arranque a su pequeño que rara vez salía, pues el cielo casi siempre estaba nublado. Desesperada ante la muy particular situación y sin ayuda ni consejo -menos de aquel que solamente la usó, ultrajó y baboseó hasta lo más íntimo de su sexo para luego de preñarla, abandonarla-, no contempló otra posibilidad que cortar de raíz su maldición y los torrentes de su hijo, quien, en un dulce, profundo y sempiterno sueño despidiose con inteligibles vocablos, algo así como: Ma am, am ma; ma am, ma am; an ma, an ma; ma ma, ma ma.

Esto recordó llorosa mientras veía a la figura de su vástago moverse exasperada entre el encuadre rectangular del espejo de la sala grande. Comprendió por fin, luego de largo rato, que era mejor liberarlo y liberarse de su reflejante y vívido espejismo. Es así que agarró fuerza, viada y diose un golpe seco contra susodicha lámina. Volaron en cien pedazos ¨crack, crack, crack¨ tanto los cristales rotos, como las esquirlas de la madre y los trozos del hijo.

Afuera llovió todo el día. Las nubes lloraron su culpa.   

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